Sunday, July 5, 2026

La independencia verdadera es la obediencia al Padre

 Homilía: 14o Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Este fin de semana es motivo de gran orgullo para los Estados Unidos. Ayer celebramos el doscientos cincuenta aniversario de la declaración mediante la cual los padres fundadores de los Estados Unidos proclamaron su independencia del dominio del rey de Inglaterra. Lo celebramos con un banquete–perritos calientes y hamburguesas a la parrilla al aire libre, compartidos con amigos y familiares–y con espectaculares exhibiciones de fuegos artificiales: una muestra grandiosa del afecto y la pasión que sentimos por esta nación a la que llamamos hogar. Esto, por supuesto, no difiere mucho de las celebraciones del Día de la Independencia que tienen lugar en México y Centroamérica cada mes de septiembre.

Más allá de eso, sin embargo, lo que celebramos el 4 de julio es la reclamación de nuestra libertad. La independencia que declaramos supuso reclamar la libertad frente a un sistema de gobierno opresivo; no se trataba, sin embargo, de una reclamación de libertad del gobierno (en sí mismo), sino más bien de una reclamación de libertad para una forma de gobierno más justa. Nuestros padres fundadores sabían que el gobierno era necesario para dotar de orden a la sociedad, pero consideraban que un gobierno elegido por el propio pueblo–y al que debía rendir cuentas–preservaría mejor la libertad inherente a cada individuo. Liberados de la carga opresiva de estar sometidos al rey de Inglaterra, nuestros padres fundadores creían que el pueblo podía sobrellevar el yugo, mucho más ligero, de gobernarse a sí mismo.

Cuando Jesús comenzó su ministerio entre nosotros, declaró: “El Reino de Dios está cerca”. Estas eran palabras fuertes y, para quienes aguardaban con anhelo que Dios enviara a su Mesías a restaurar su reino aquí en la tierra, constituían una noticia muy bienvenida. Al igual que nuestra declaración de independencia, las palabras de Jesús parecían anunciar al pueblo de Judá e Israel que la liberación divina de sus gobernantes opresores–es decir, los ocupantes romanos–había llegado por fin. Sin embargo, esto era solo parcialmente cierto. Jesús no había venido para derrocar a ningún gobierno en particular, sino para liberar a la humanidad del dominio opresor del pecado. Su objetivo era devolver a la humanidad la libertad de la que había gozado en el Jardín del Edén.

Basta con fijarse en la lectura del Evangelio de hoy. Jesús comienza diciendo: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!” ¿Cuál fue nuestro primer pecado? ¿Acaso no fue el pecado de desobediencia el que llevó a Eva a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal? ¿No resulta, pues, apropiado que Dios revele al hombre la restauración de la libertad del Jardín del Edén precisamente a través de aquellos que no son sabios ni entendidos; de aquellos que, en cierto sentido, no han comido del árbol del conocimiento del bien y del mal?

Jesús prosigue diciendo: “El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos”. En el Jardín del Edén, Dios declaró que sería un hijo de Eva quien golpearía la cabeza de la serpiente y devolvería a la humanidad su dignidad original. Así vemos a Jesús revelándose como aquel “Hijo de Eva” a quien Dios ha dado el poder de restaurar la comunión rota de la humanidad con el Padre, pues afirma: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Finalmente, Jesús proclama la libertad que ha venido a restaurar. “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio.” ¿Alguien recuerda cuál fue la primera consecuencia práctica del pecado? La primera consecuencia real del pecado fue la muerte, ¿verdad? Pero eso no se experimentó de inmediato. Por tanto, la primera consecuencia práctica fue otra cosa. ¿Y cuál fue? ¡El trabajo! ¡La fatiga! “Con el sudor de tu frente obtendrás el fruto de la tierra”, le dijo Dios a Adán al expulsarlo del Jardín. Ahora Jesús afirma: “yo les daré alivio”. Claramente, tenía en mente la libertad frente al trabajo opresivo que la humanidad disfrutaba en el Jardín del Edén.

Sin embargo, al igual que la libertad que nuestros padres fundadores reclamaron para nuestra nación, esta libertad que Jesús reclama para la humanidad no es una libertad exenta de toda norma o gobierno. Más bien, él reclama nuestra libertad frente al dominio opresivo del pecado y la muerte en nuestras vidas, para que seamos libres de seguir la norma de la obediencia–es decir, la armonía con Dios que nos regía en el Jardín del Edén. Este es el yugo de Jesús, el yugo que él describe como “suave” y “ligero”, y así lo es: pues es bajo este yugo de obediencia donde el trabajo encuentra verdaderamente el alivio. ///

San Juan Pablo II dijo una vez: “La libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho de hacer lo que debemos”. Hermanos y hermanas, si somos libres en este país y en cualquier otro lugar, es para que podamos buscar la vida de libertad; la vida “en el Espíritu” de la que habla San Pablo en nuestra segunda lectura. La libertad de “hacer lo que nos gusta”, sin embargo, es la vida “conforme al desorden egoísta del hombre” que, según San Pablo, nos deja como “sujetos al desorden egoísta del hombre”. Ahora bien, quien es sometido sabe que no es verdaderamente libre; más bien, está encadenado al acreedor hasta que se salda la deuda. Sin embargo, Jesucristo vino a liberarnos de esta deuda del pecado y de la vida “sujeto al desorden egoísta del hombre”, para que fuéramos libres de buscar la vida de libertad–la vida en el Espíritu–en la que experimentamos alivio de nuestras fatigas. Esta libertad nos devuelve el derecho a “hacer lo que debemos”: es decir, a someternos nuevamente al mandato de obedecer solo a Dios y, así, experimentar el alivio que nuestros primeros padres vivieron en el Jardín. Esta, hermanos míos, es una libertad que vale la pena celebrar con un banquete y con fuegos artificiales: el banquete que compartimos aquí hoy y los fuegos artificiales que llevamos al mundo al salir a proclamar la Buena Nueva.

Volvámonos, pues, hermanos y hermanas, hacia Jesús–y hacia su Espíritu que habita en nosotros–y tomemos su yugo suave (y, así, dejemos el yugo opresivo del pecado); pues suyo es el dulce peso de la obediencia al Padre que nos conducirá al alivio perfecto en el cielo.

Dado en la parroquia de San Patricio: Kokomo, IN – 5 de julio, 2026


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