Homilía: 13º Domingo en el Tiempo Ordinario – Ciclo A
Hermanos,
las lecturas de la Misa de estas semanas tienen como tema general las
enseñanzas sobre el costo y las recompensas del discipulado. Hoy, esa enseñanza
se centra en un tema más específico: cómo una vida de sacrificio engendra vida
nueva. Así que examinemos nuestras lecturas para ver a qué me refiero.
En la
primera lectura de hoy encontramos esta pequeña y encantadora historia
protagonizada por el profeta Eliseo. Es casi "tierno", ¿no? Eliseo es
un profeta itinerante; una mujer influyente se compadece de él y lo invita a
cenar, convirtiéndose esto en una costumbre cada vez que él visita la
localidad. La situación se repite tanto que la mujer llega incluso a construir
una pequeña habitación anexa a su casa para él, a fin de que disponga de un
lugar donde alojarse y no solo de un sitio donde comer. Entre todos los relatos
sobre Eliseo, en los que a veces puede parecer una persona dura, esta historia
resulta, en realidad, muy entrañable.
Vemos, por
supuesto, que la historia encierra algo más: algo que despoja el relato de
sentimentalismo y aporta profundidad emocional a la escena. Se describe a la
mujer como una “mujer influyente”, lo que significa que ella (o, dicho de otro
modo, “su esposo”) poseía recursos económicos. Le habría resultado fácil
ignorar a Eliseo, dado que es probable que él no se moviera en los círculos “influyentes”
de Sunem. Sin embargo, no lo hizo. Al contrario, se fijó en él y le brindó
hospitalidad, solo porque lo reconoció como “un hombre de Dios”. Vemos, pues,
que ella no solo era una “mujer influyente”, sino también una “mujer de fe”.
Además,
descubrimos que ella y su esposo no tenían hijos y que, al parecer, no fue por
falta de intentos. Más bien, da la impresión—a juzgar por la respuesta del
criado de Eliseo—de que llevaban casados bastante tiempo sin haber logrado
concebir. ¿Se imagina lo que supuso para ellos construir una habitación en su
casa para otra persona? La mayoría de nosotros podemos imaginar (y algunos
hemos experimentado) lo que significa anhelar profundamente tener hijos y no
poder concebir. Intente imaginar, entonces, lo que implica decidir añadir una
habitación a su casa para un huésped de paso, sin dejar de pensar en el hijo
para quien esa habitación estaba destinada desde un principio. Ahora, imagine
lo difícil que debió de resultarle hacerlo. Sin embargo, lo hizo; y, según se
desprende de la lectura, lo hizo sin decirle ni una palabra a Eliseo: es decir,
lo hizo simplemente porque él, como hombre de Dios, merecía tal hospitalidad, y
no porque ella esperara ganarse el favor divino.
Sin
embargo, ella sí obtuvo el favor de Dios, ¿verdad? Cuando Eliseo se alojó por
primera vez en la habitación que ella y su esposo habían preparado para él,
preguntó qué se podía hacer por ellos. Al enterarse de que no tenían hijos y de
que el esposo era ya demasiado mayor para ser padre, pronunció la maravillosa
profecía de que Dios los favorecería y los bendeciría con un hijo: un heredero
varón para su familia. Imagínese la sorpresa que debió sentir esta mujer al
escuchar tal profecía. ¡Imagínese la alegría cuando, unas semanas más tarde,
descubrió que efectivamente estaba embarazada! Sí, vemos que esta historia
encierra una gran profundidad emocional; y en ella, una hermosa lección sobre
cómo los sacrificios que hizo esta mujer—sacrificios realizados con fe para
servir a uno de los siervos de Dios—realmente dieron lugar a una nueva vida
para ella y su esposo.
En la
segunda lectura, san Pablo profundiza en el aspecto teológico de cómo el
sacrificio engendra una vida nueva. Nos recuerda que fue el sacrificio de
Cristo en la Cruz lo que nos trajo una vida nueva, y que nosotros también
debemos sacrificarnos y morir a nosotros mismos para que esta vida nueva en
Cristo se arraigue en nosotros y engendre vida nueva en nuestro interior y en
quienes nos rodean. San Pablo nos recuerda que este morir y resucitar a una
vida nueva tiene lugar en nosotros, espiritual y sacramentalmente, a través del
bautismo. Esto ha de ser para nosotros un recordatorio permanente de que, un
día, sucederá realmente: pues todos hemos de morir algún día, pero si creemos
en Cristo y vivimos como sus discípulos, nos espera la resurrección a una vida
eterna y glorificada.
San Pablo
nos recuerda que debemos considerarnos “muertos al pecado”. Esto se debe a que
el pecado lleva a la muerte; por lo tanto, cuanto más nos insensibilicemos al
pecado (es decir, cuanto más nos sacrifiquemos por los demás, en lugar de
priorizar nuestro propio bienestar), más podrá la nueva vida que tenemos en
Cristo afianzarse en nosotros, renovando nuestras vidas y generando nueva vida
en el mundo que nos rodea.
En la
lectura del Evangelio, Jesús plantea exigencias claras a sus discípulos: les
dice que, si quieren ser sus discípulos, no pueden amar a padre o madre, a hijo
o hija, más que a él. Más bien, afirma el, quienes deseen ser sus discípulos
deben tomar la cruz (¡sí, aquel horrendo instrumento de ejecución romano!) y
seguirle. Luego habla de manera paradójica al decir: “El que salve su vida la
perderá y el que la pierda por mí, la salvará”. Analicemos esto un poco, ¿okay?
En primer
lugar, ¿acaso está diciendo Jesús que no podemos amar a nuestro padre o madre,
o a nuestro hijo o hija? No, por supuesto que no. Por alguna razón, nos resulta
fácil pensar—cuando razonamos de manera abstracta—que todo debe ser de una
forma o de la otra: es decir, que nuestro amor debe dirigirse exclusivamente a
una persona en detrimento de la otra. Pero, en realidad, nos damos cuenta de
que amar profundamente a alguien hace que nuestro amor crezca, ¿verdad? Comprendemos
que el amor no es un juego de “suma cero”; al contrario: cuando se entrega a la
persona adecuada, ¡en realidad se expande y hace posible amar aún más! Jesús lo
sabe; sabe que, cuando sus discípulos lo aman a él, primero y por encima de
todo, su amor se multiplicará exponencialmente, permitiéndoles amar a los demás—incluidos
el padre, la madre, el hijo y la hija—con una intensidad mayor de la que jamás
hubieran imaginado posible.
El autor,
el padre Francis Fernández, lo expresa así: “Amar al prójimo en Dios no
significa recorrer un camino largo y tortuoso para llegar a amarlo. El amor a
Dios es un atajo hacia nuestros hermanos. Solo en Dios podemos comprender y
amar verdaderamente a todos los hombres, inmersos como están en sus errores, al
igual que nosotros en los nuestros, y hacerlo a pesar de aquello que,
humanamente hablando, tendería a separarnos de ellos o a llevarnos a pasar de
largo sin siquiera dirigirles la mirada”. ¡Es algo hermoso! Esposos y esposas,
madres y padres, todos los que me escuchan: esto significa que, si le dicen “te
amo” a alguien pero no se han esforzado primero por conocer y amar a Dios con
todo su corazón, ¡están restando valor a ese amor! Porque no pueden amar a esa
persona plenamente hasta que la amen en Dios y a causa de su amor por Él. A
esto se refiere Jesús cuando dice: “El que ama a su padre o a su madre más que
a mí, no es digno de mí”.
Este amor
supremo por Jesús es lo que resuelve la paradoja. Pues, cuando amo a Jesús lo
suficiente como para cargar con el horrendo instrumento de ejecución romano y
seguirle—es decir, cuando decido perder mi vida (o sea, sacrificarla) por él—entonces
hallaré una vida nueva y un amor verdadero y puro con el que podré amar a los
demás y engendrar también vida nueva en ellos.
Permítanme
retroceder un momento, porque tal vez hemos vuelto a caer en planteamientos
demasiado “abstractos”. Ese amor “verdadero y puro” del que hablé no será
apasionado (aunque pueda tener momentos de pasión). Más bien, este amor
verdadero y puro se asemejará más a una hospitalidad radical: una apertura
desde lo más profundo de nuestro ser para reconocer y acoger a cada persona con
la que nos encontramos, con la misma generosidad de espíritu con la que Jesús
reconoce y acoge a cada uno de nosotros. Esto se manifiesta en los pequeños
gestos que Jesús enumera: “El que recibe a un profeta por ser profeta (como en
la primera lectura)... el que recibe a un justo por ser justo... quien diere,
aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser
discípulo mío...”. No se trata de momentos de amor apasionado, sino de pequeños
actos de hospitalidad radical. Sin embargo, Jesús nos dice que estos pequeños
actos de hospitalidad radical—estos pequeños actos de sacrificio—reportarán a
quienes los realizan una recompensa generosa. ///
Hermanos,
estas son buenas noticias. Buenas noticias porque estas oportunidades de
practicar la hospitalidad nunca están lejos de nosotros. Ustedes han sido muy
generosos conmigo cada vez que he pasado por su hogar en estos últimos meses.
Sin duda, el Señor los recompensará por ello. El padre Pierre llegará esta
semana, brindándoles una nueva oportunidad para demostrar cómo su amor por Dios—por
encima de todo lo demás—amplía su capacidad de amar al recibirlo con generosa
hospitalidad. Estos gestos, junto con los innumerables sacrificios de
hospitalidad radical que ustedes ofrecen, seguramente engendrarán nueva vida en
esta parroquia y harán crecer y expandir aún más el amor en sus corazones.
Que el
amor radical, nacido del sacrificio de Jesús que aquí actualizamos sobre el
altar, nos sostenga en el amor hasta el día en que veamos plenamente la
recompensa que nos está preparada en el cielo.
Dado en la parroquia de Todos los Santos: Logansport, IN –
28 de junio, 2026
