Sunday, May 3, 2026

Confía en el Señor para que provea un camino

 Homilía: 5o Domingo de la Pascua – Ciclo A

Amados hijos e hijas de Dios: a lo largo de estas semanas de Pascua, hemos estado deleitándonos en la alegría y la gloria de Cristo en su resurrección, y en todo aquello que su resurrección hace posible: que es, la proclamación de esta buena nueva y el crecimiento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, mediante la incorporación de muchos miembros. Hemos escuchado acerca de las apariciones de Jesús a sus discípulos después de haber resucitado: a los discípulos reunidos en el Cenáculo (incluyendo una segunda ocasión, para aparecerse también a Tomás) y a los discípulos en el camino a Emaús (y cómo se les dio a conocer al partir el pan). La semana pasada, honramos a Jesús como el Buen Pastor, quien, a través de su vida, muerte, resurrección, y ascensión a la gloria, se ha convertido en la puerta por la cual nosotros, sus ovejas, entramos en la vida eterna con Dios.

Escuchamos también acerca de la primera proclamación del Evangelio por parte de los Apóstoles después de Pentecostés, y de cuántos de aquellos que los oyeron anunciar esta noticia maravillosa, y, a la vez, misteriosa, se convirtieron y pasaron a formar parte de la Iglesia. En otras palabras, hemos reflexionado sobre cómo, a través de la audaz y convincente proclamación de quién es Jesús y de lo que Él hizo (específicamente, al resucitar de entre los muertos), la Iglesia creció rápidamente, a medida que muchos judíos (e incluso los no judíos, es decir, los gentiles) se convencían de que Jesús es el Mesías y de que, por medio de Él, podemos ser restaurados a la comunión con Dios (y, de este modo, hallar la paz y la felicidad eternas).

Me resulta interesante, entonces, que esta semana parezcamos alejarnos de estos temas gozosos para comenzar a centrarnos en escenas de conflicto y consternación: concretamente, el conflicto en torno a las viudas de origen griego, que no estaban siendo atendidas con equidad, y la consternación ante el anuncio de Jesús sobre su inminente partida. Resulta interesante porque nos encontramos todavía en el tiempo pascual, periodo en el que la alegría debería seguir siendo el tema central, en lugar de estar, por ejemplo, en el Tiempo Ordinario, cuando nos enfocamos más en los altibajos cotidianos de nuestra vida cristiana y de la vida de la Iglesia. No obstante, si la Iglesia nos ha propuesto hoy estos temas, precisamente dentro de este tiempo de gozo, es indudable que estamos llamados a reflexionar sobre lo que podrían decirnos en estos días; así pues, examinémoslos con mayor detenimiento. ///

En primer lugar, cabe destacar que ya hemos superado la mitad del tiempo pascual. Por ello, la Iglesia nos invita a comenzar a centrar nuestra atención en la celebración de la Ascensión y Pentecostés, en lugar de en la Resurrección. (Esto no pretende, por supuesto, minimizar la importancia de la Resurrección, sino más bien guiarnos en la preparación para estas celebraciones). Así, en la lectura del Evangelio, reflexionamos sobre el pasaje en el que Jesús prepara a sus discípulos para su Ascensión, que tendrá lugar 40 días después de su resurrección. Él los anima: "No pierdan la paz… Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”. Al decirles que “el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre", Jesús les asegura que sus vidas como apóstoles no se verán disminuidas por su Ascensión, sino enriquecidas por ella.

Los discípulos, por supuesto, no podían comprender realmente lo que él quería decir en aquel momento (Jesús les decía esto durante la Última Cena, antes de su pasión, muerte y resurrección). Esto queda de manifiesto en la respuesta de Tomás, cuando dice: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?". Sin embargo, ciertamente reflexionarían sobre esto con una mayor comprensión una vez que tuvieran lugar los acontecimientos de la Ascensión y de Pentecostés. Esta comprensión los fortalecería para los desafíos que habrían de afrontar en los primeros años de la Iglesia, uno de los cuales hemos meditado en la primera lectura.

Este desafío surgió debido al rápido crecimiento de la Iglesia, especialmente entre los no judíos (es decir, los gentiles). A pesar de la gran alegría que suscitaba el hecho de que Dios hubiera revelado que la salvación a través de Jesús está al alcance de TODAS las personas (y no solo de aquellas de ascendencia judía), persistían aún barreras entre los judíos y los no judíos. Aspectos como el idioma y las costumbres, así como el simple hecho de no haber convivido mucho entre sí, hicieron que a los apóstoles les resultara difícil lograr un equilibrio en la vida comunitaria compartida entre estos distintos grupos dentro del cuerpo de creyentes, que experimentaba un rápido crecimiento.

La solución de los apóstoles fue novedosa. En otras palabras, no fue como si Jesús les hubiera dicho antes de la Ascensión: “Oigan, escúchenme: un día se encontrarán con este problema. Así es como deben responder”. Más bien, ellos deliberaron, oraron y discernieron una solución que respetaba las necesidades de esa porción particular de creyentes, sin imponer una carga al resto de la comunidad. De hecho, dignificaron a esa porción de la comunidad al reconocer como líderes a miembros de su propio grupo. Esta ha sido una lección perdurable para la Iglesia a lo largo de los siglos.

Parece que, en los tiempos que corren, sigue existiendo un desafío considerable para equilibrar las necesidades de las distintas comunidades que conforman el cuerpo de creyentes. Estos desafíos exigen también soluciones novedosas, y aquellos a quienes se ha encomendado el cuidado de las almas deben seguir el ejemplo de los Apóstoles: es decir, deliberar, orar y discernir las soluciones. Si algunos todavía se sienten “de que no se atendía bien… en el servicio de caridad de todos los días”, esto no debería llevarlos a la desesperación. Recuerden que Jesús dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar”. En otras palabras, Jesús ha prometido que habrá un lugar para sus creyentes, aunque no especificó cómo sería ese lugar.

Sin duda, Jesús está hablando de los lugares que ha preparado para cada uno de nosotros en el cielo; sin embargo, no me parece descabellado interpretarlo también en términos de lugares para sus creyentes aquí, en este mundo. Si sentimos que estamos perdiendo nuestro lugar, tal vez nos resulten útiles estas otras palabras de Jesús: "No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”. Jesús ha hecho una promesa, y damos un gran testimonio de nuestra fe cuando confiamos en que Él actuará.

Por lo tanto, hermanos y hermanas, al dirigir ahora nuestra atención hacia la renovación de nuestro asombro y admiración ante la Ascensión de Jesús, y hacia la renovación de nuestro mandato misionero en Pentecostés, dediquemos estas semanas a renovar nuestra confianza en Jesús y en sus promesas. Al hacerlo, estaremos mejor preparados para experimentar las maravillas que Él obrará en nosotros y a través de nosotros, para nuestro bien y el bien de quienes nos rodean; y, así, estaremos más dispuestos a experimentar la plenitud del gozo cuando Él regrese para “llevarnos consigo”, allí donde viviremos en comunión con el Padre y el Espíritu Santo, en paz, por toda la eternidad.

Dado en la parroquia de Todos los Santos: Logansport, IN – 3 de mayo, 2026


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