Homilía: 21o Domingo en el Tiempo Ordinario – Ciclo A
Hermanos, las lecturas de hoy nos orientan hacia el establecimiento del papado y hacia la autoridad conferida a la Iglesia para gobernar al pueblo de Dios y emitir juicios en nombre de Dios. La lectura del libro de Isaías nos proporciona el contexto necesario para comprender cómo Jesús transmite a Pedro la autoridad del reino; pues, en dicho pasaje, la autoridad se retiraba a una persona y se otorgaba a otra basándose únicamente en la fidelidad del individuo para actuar como juez justo y buen administrador de los recursos del reino. Recordemos, no obstante, que era Dios quien realizaba este cambio, y no el rey terrenal. Más aún, Dios–por medio del profeta Isaías–promete que será Él mismo quien le confiera una autoridad firme gracias a su fidelidad. Es importante que tengamos presente este último punto al reflexionar sobre cómo Cristo instituyó el papado para su Iglesia.
Es importante porque, a primera vista, parece un tanto descabellado que Dios confiara su autoridad en la tierra a un hombre con graves defectos. Sabemos que Pedro era impetuoso e impulsivo; sabemos que era valiente, pero no siempre prudente. Hace apenas unas semanas recordábamos cómo, obedeciendo la orden de Jesús–quien permanecía milagrosamente de pie sobre la superficie del agua–Pedro salió valientemente de la barca y caminó sobre las aguas, pero pronto comenzó a hundirse al sentir miedo del mar agitado que lo rodeaba. Recordamos cómo Jesús lo reprendió diciéndole: ”Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” Este es el mismo Pedro a quien Jesús confía la autoridad de su reino en el Evangelio de hoy. Conociendo lo que sabemos sobre Pedro, podemos–al menos en apariencia–cuestionar si esta fue la mejor decisión de Jesús.
Si examinamos la historia de los papas a lo largo de los siglos, no hará sino profundizar nuestro cuestionamiento sobre la decisión de Jesús de dejar la autoridad de la Iglesia en manos de hombres imperfectos. En esa historia encontramos figuras como el papa Esteban sexto, quien, movido por unos celos y un afán de venganza tan intensos hacia su predecesor, el papa Formoso, ordenó exhumar el cadáver de este, vestirlo con sus antiguas ropas papales y someterlo a juicio por todas las faltas que Esteban creía que había cometido. Tras aquella farsa de juicio, hizo mutilar el cuerpo de Formoso y arrojarlo al río Tíber (que atraviesa Roma). Sus acciones provocaron disturbios y agitación en toda la ciudad. ¿O qué decir del papa Alejandro sexto, quien utilizó su poder y autoridad para enriquecer a sus familiares, incluidos sus propios hijos (sí, ha oído bien)? Era conocido por recurrir a sobornos y a una manipulación política inmoral, además de incurrir en otros actos personales indecentes. Por desgracia, existen muchos más ejemplos de papas que actuaron de manera reprobable aún ostentando la plena autoridad de la Iglesia, transmitida originalmente a san Pedro.
Luego estaban aquellos que eran simplemente incompetentes. El papa Clemente séptimo fue un líder célebre por su incompetencia. Durante su pontificado, gestionó mal diversas alianzas políticas, lo que finalmente condujo a la invasión y conquista de Roma. Clemente también fue responsable de no lograr resolver la crisis con Enrique octavo de Inglaterra, la cual llevó a este último a separar la Iglesia de Inglaterra de la Iglesia romana. Cabe señalar que existen muchos otros ejemplos de papas que fueron simplemente incompetentes pero que, por ser sucesores de san Pedro, ejercían la plena autoridad de la Iglesia.
Llegados a este punto, tal vez se pregunten: “¿Acaso el padre intenta convencernos de que no debemos confiar en el Papa?”. Si es así, la respuesta es “¡NO!”. Simplemente trato de señalar que confiar la autoridad sobre la Iglesia–es decir, el sacramento mismo de salvación para todos los pueblos establecido por Dios–a un hombre imperfecto parece, a primera vista, algo descabellado. Lo señalo porque creo que, en el fondo, esa no es la cuestión principal. Más bien, considero que lo que estamos llamados a reconocer–la lección que Dios nos transmite–es que la Iglesia, con el papado, ha logrado sobrevivir a pesar de las numerosas imperfecciones de cada uno de sus papas. [REPEAT]
Los papas, como hemos visto, son personas complejas y con muchas aristas (Pedro no fue la excepción, ¿verdad?). Sin embargo, resulta que si aciertan en una sola cosa, logran sobrevivir. ¿Cuál es esa cosa? La profesión de fe. [REPEAT].
En la lectura del Evangelio, Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente sobre él: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Tras escuchar sus respuestas, les dirige la misma pregunta a ellos para ver si empiezan a comprender quién es él. Entonces, Pedro habla en nombre de todos (o tal vez no de todos, sino simplemente antes que los demás) y proclama su fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Jesús, el buen maestro, confirma la respuesta acertada de Pedro y responde con aquella famosa frase: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” y “te daré las llaves del Reino de los cielos…” Ahora bien, cuando Jesús dice “sobre esta piedra”, ¿se refiere a “Pedro, el hombre” o a “la profesión de fe de Pedro”? La respuesta, a mi parecer, es ambas cosas. Son ambas. Jesús se refiere a ambas.
Es cierto, en efecto, que las personas imperfectas constituyen un cimiento inestable sobre el cual edificar cualquier organización. Sin embargo, esas mismas personas que profesan con confianza (y humildad) su fe en la divinidad de Jesús–y en que Él es quien fue enviado al mundo para redimir a la humanidad–se convierten en piedra firme sobre la que puede edificarse la Iglesia de Dios. Todos aquellos papas imperfectos que mencioné (y los muchos otros que no cité), a pesar de las múltiples formas en que no estuvieron a la altura de la fe, profesaron no obstante esa misma fe y jamás enseñaron nada contrario a ella. Por haber sido fieles al profesar y custodiar la fe, Dios pudo proteger a la Iglesia e impedir que se derrumbara, haciendo efectiva la garantía divina que Él mismo proclamó ante Pedro en Cafarnaún, aquel día trascendental de hace casi dos mil años: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”.
Hermanos, todos podemos ser–y estamos llamados a ser–piedras sobre las cuales Cristo edifica su Iglesia. Sin embargo, al igual que Pedro y todos los papas que le sucedieron, no tenemos por qué ser perfectos. ¡De hecho, es mejor si no lo somos! Más bien, en lugar de esforzarnos en exceso por alcanzar la perfección mediante nuestro propio ingenio, deberíamos procurar fortalecer nuestra profesión de fe y, con ello, nuestra confianza en que, si vivimos conforme a ella, el Reino de Dios seguirá surgiendo y creciendo a nuestro alrededor (¡e incluso a pesar de nosotros!).
¿En qué consiste vivir esta profesión–es decir, vivir confiando en el poder de Dios para edificar a través de nosotros? Consiste en adorar a Dios, tanto en la Misa como en la oración diaria; en vivir según sus mandamientos, ¡todos ellos!; en amar a nuestros seres más cercanos–principalmente en nuestras familias y en nuestra comunidad; y en no desesperar jamás ante nuestras propias faltas ni las de quienes nos rodean, sino en confiar en Dios y en su providencia en todo momento. Por último, cuando fallamos en cualquiera de estos aspectos, vivir esta profesión de fe significa volver al Padre con fe para pedir perdón y recibir la fortaleza necesaria para comenzar de nuevo. Esta, hermanos y hermanas, es la piedra sobre la que se edifica la Iglesia; y cada uno de nosotros está llamado–y recibe toda gracia–a hacer firme esta piedra.
Al unir hoy nuestras oraciones por nuestro papa actual, el Papa León, para que su fe se mantenga siempre firme mientras guía a la Iglesia de Dios, renovemos nuestra propia profesión de fe–y nuestro compromiso de vivir conforme a ella–a fin de que la Iglesia de Dios siga creciendo y nosotros continuemos acercándonos a nuestra recompensa eterna en el cielo.
Dado en la parroquia de San Patricio: Kokomo, IN – 23 de agosto, 2026