Homilía: 5o Domingo de la Cuaresma – Ciclo A
Hermanos y hermanas, la lectura del Evangelio de hoy nos ofrece una especie de “baldazo de realidad” cuaresmal. Quizás nos esté yendo bien en nuestras prácticas cuaresmales; tal vez sintamos que hemos logrado grandes avances en la restauración de nuestra relación con Dios, como preparación para la celebración de la Pascua. Si es así, ¡eso es maravilloso! Dios nos creó para que viviéramos en relación con Él, a fin de poder compartir su vida de unidad, paz y gozo con su creación; por ello, su esfuerzo por restaurar su relación con Él–especialmente si este ha tomado ya la forma de una buena confesión en algún momento de las últimas cuatro semanas–seguramente está en conformidad con su voluntad para su vida. Sin embargo, el “baldazo de realidad” que nos brinda la lectura del Evangelio de hoy es un recordatorio de que la amistad con Dios no constituye una garantía de protección frente a la calamidad, el sufrimiento, o el dolor.
Marta, María, y Lázaro eran amigos cercanos de Jesús. El Evangelio nos dice que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Debido a esta estrecha amistad, los tres habían llegado a reconocer a Jesús como el Mesías y depositaron su fe en su capacidad para sanar incluso enfermedades mortales. Y así, cuando Lázaro enfermó, Marta envió aviso rápidamente a Jesús, con la esperanza de que él viniera a salvar a su hermano de aquella enfermedad. Sin embargo, Jesús no acudió de inmediato, y Lázaro murió. De hecho, para cuando Jesús llegó, Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro.
Debido a esto, tanto Marta como María confrontan a Jesús, diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.” Se sienten dolidas porque Jesús no pareció responder tan rápidamente como ellas–en virtud de su amistad–esperaban que lo hiciera. Jesús, a pesar de saber ya lo que iba a hacer, manifiesta no obstante la plenitud de su humanidad cuando, ante el dolor que experimentan estas hermanas a las que amaba entrañablemente, él mismo llora. Es un momento conmovedor que haríamos bien en tener presente cada vez que experimentemos una pérdida en nuestras propias vidas. Pero imaginemos por un momento que la historia hubiera terminado ahí: Jesús llorando mientras Lázaro permanece muerto en el sepulcro. Si ese fuera el caso, él sería un gran maestro, profeta, consolador e incluso, tal vez, amigo; pero no sería Dios.
Así, cuando escuchamos a Jesús decirle a Marta con claridad: “Yo soy la resurrección y la vida”, escuchamos algo diferente. Con estas palabras, Jesús le está diciendo que no se trata meramente de su creencia de que Lázaro resucitará, sino más bien de su conocimiento concreto de quién es Él y de lo que es capaz. La amistad con Dios–ella descubre–no consiste en una protección divina contra el dolor, el sufrimiento o incluso la muerte, sino más bien en la garantía de que, en medio de ese dolor, ese sufrimiento e incluso esa muerte, Dios estará con nosotros. Cuando Jesús llora, vemos la prueba más conmovedora–y a la vez más reveladora–de que Él, en efecto, está con nosotros, en la plenitud de nuestra humanidad. Sin embargo, cuando llama a Lázaro desde el sepulcro, vemos la prueba aún mayor de que Jesús no solo está con nosotros–el gran maestro, profeta, consolador y amigo–sino que Jesús es, en verdad, Dios; y que, en Jesús, Dios mismo está verdaderamente con nosotros.
Así, en Jesús, se han cumplido las palabras del profeta Ezequiel. Cuando Jesús llamó a Lázaro desde el sepulcro, trajo una nueva luz al renacimiento prefigurado en su promesa de traer de vuelta a su pueblo elegido desde el exilio. Aquel pueblo se consideraba a sí mismo muerto, pues había perdido la tierra de la cual extraía su identidad. Por ello, cuando el Señor “los conduciré de nuevo a la tierra de Israel”, se sintieron verdaderamente renacidos. Poco sabían, sin embargo, que un día Dios mismo asumiría la naturaleza humana, caminaría entre ellos y, literalmente, abriría los sepulcros de los difuntos y haría que los muertos se levantaran de ellos. Nótese que a los antiguos israelitas no se les evitó experimentar el exilio a causa de su amistad con Él; más bien, fue precisamente gracias a esa amistad que, a la postre, fueron restituidos a su tierra y se les concedió una “vida nueva”. Del mismo modo ocurre ahora: nuestra amistad con Dios no constituye una garantía de que no experimentaremos tristeza, dificultades o dolor; es, más bien, una promesa de que Dios nos librará de esa tristeza, de esas dificultades o de ese dolor, siempre y cuando permanezcamos fieles a nuestra amistad con Él.
Esta es la promesa que aquellos que se preparan para recibir los sacramentos de Pascua esperan recibir. Ellos reconocen que han estado muertos en su pecado y reconocen que es solo a través de la amistad con Dios–obtenida mediante un acto definitivo de fe en Jesús–como serán liberados de esta muerte para caminar en la novedad de vida. El escrutinio final que celebramos con ellos los invita a reconocer esta verdad y a pedir, en oración, la gracia para perseverar en su compromiso de dejar el pecado atrás. Al final, nos invita a nosotros a apoyarlos con nuestras oraciones.
Hermanos y hermanas, el escrutinio es un recordatorio para cada uno de nosotros de que el pecado–especialmente el pecado mortal–nos separa de Dios y de nuestra amistad con Él. Si aún no nos hemos apartado de nuestro pecado en esta Cuaresma, debemos comenzar hoy mismo esta obra necesaria; pues Dios–aunque nunca se da por vencido con nosotros–no nos salvará de la muerte–es decir, de la muerte eterna–si primero no buscamos reconciliarnos con Él. Sin embargo, también nos recuerda que la amistad con Él no es garantía de que nos libraremos del dolor, del sufrimiento o incluso de la muerte en este mundo. Es, más bien, una garantía de que nunca seremos abandonados a la muerte eterna: una promesa que la resurrección de Lázaro–y, de manera aún más conmovedora, la propia resurrección de Jesús–nos demuestra.
Y así, al acercarnos al Señor en torno a este altar, pidamos la fortaleza de la fe para confiar en la victoria sobre la muerte que Jesús conquistó para nosotros–y, de este modo, depositar toda nuestra esperanza en Él, tal como lo hicieron Marta y María–para que también nosotros, junto con nuestros elegidos, estemos preparados para recibir la gracia de la vida nueva: esa vida nueva y gloriosa en Jesús que recibimos bajo los signos sacramentales, aquí, en esta Santa Eucaristía.
Dado en la parroquia de Todos los Santos: Logansport, IN – 22 de marzo, 2026
No comments:
Post a Comment