Homilía: La Presentación del Señor
En la celebración de hoy, recordamos la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén. La importancia de este acontecimiento fue mucho mayor, quizás, para los primeros cristianos, especialmente para aquellos que se habían convertido del judaísmo. Para ellos, la presentación de Jesús como niño en el Templo fue mucho más que una demostración de la fidelidad de María y José a la Ley de Moisés; fue incluso mucho más que una prueba de que Jesús era un descendiente legítimo del rey David. Para los primeros conversos cristianos provenientes del judaísmo, la presentación de Jesús en el Templo representó un retorno: el retorno de la presencia de Dios al Templo, que había estado sin Su presencia durante casi seiscientos años.
Esto era importante para ellos porque el Templo no solo era el lugar para ofrecer la adoración debida a Dios, sino también el lugar de comunión con Él–de entrar en su presencia. Cuando los israelitas fueron exiliados en el año 571 a.c. y Jerusalén fue conquistada, el Templo original que construyó el rey Salomón fue destruido y la presencia de Dios abandonó Jerusalén y el monte del Templo. Tras su regreso del exilio, e incluso después de reconstruir el Templo, la presencia de Dios no regresó. Por lo tanto, si bien el Templo seguía siendo el lugar de la adoración correcta a Dios–el lugar apropiado para ofrecer sacrificios y oraciones–ya no era el lugar de comunión con Dios–de entrar en su presencia. Esto fue así hasta que Jesús fue presentado allí, 40 días después de su nacimiento.
Hoy en día, este significado no nos resulta particularmente relevante a los cristianos. Debería serlo, pero es comprensible que no lo sea. Con la venida de Jesús–Dios hecho hombre–y con el envío del Espíritu Santo–que habita en los bautizados–el Templo ya no es necesario para entrar en comunión con Dios–para estar en su presencia. Su presencia, de hecho, está disponible para nosotros en todo momento y en todo lugar. Más aún, Jesús mismo le dijo a la mujer samaritana junto al pozo: “Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre”, y añadió: “Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad”, indicando que el Templo ya no es necesario para ofrecer a Dios una adoración auténtica. Sin embargo, esta festividad todavía tiene algo que enseñarnos.
Si bien esta fiesta es verdaderamente una “fiesta del Señor”, también la considero una “fiesta de la Sagrada Familia”. Quizás, por lo tanto, podamos fijarnos en ellos para ver qué lecciones nos pueden enseñar en esta celebración. Al reflexionar sobre esto, veo tres “palabras” que nos hablan: “obediencia”, “pobreza” y “apostolado”. En primer lugar, “obediencia”.
Las Escrituras nos dicen que: “Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley…” María y José fueron obedientes a la Ley del Señor. Aunque ambos habían recibido una revelación especial del ángel de Dios acerca de quién era este niño, nunca se consideraron a sí mismos, ni a su hijo, por encima de la Ley. Al contrario, se sometieron a ella, sabiendo que si este niño había de cumplir los planes de Dios, sería a través de la observancia de la Ley, y no al margen de ella.
Para nosotros, esta lección permanece vigente. Aunque Jesús ha cumplido la Ley y ha inaugurado la ley de la gracia, por la cual hemos sido salvados, seguimos estando sujetos a una ley: la ley de la caridad–que consiste en amar a Dios y al prójimo. Cumplimos esta ley cuando adoramos a Dios con reverencia en cada Misa a la que asistimos, y cuando atendemos las necesidades de los demás antes que las nuestras, especialmente las de nuestros prójimos que se encuentran en necesidad. Al igual que con María y José, solo a través de la observancia de esta ley de la caridad se cumplirá el plan salvífico de Dios para toda la humanidad. ///
En segundo lugar, la pobreza. La Escritura nos dice que María y José ofrecieron, “como dice la ley [del Senor], un par de tórtolas o dos pichones”. Si bien es cierto que esto estaba de acuerdo con la Ley del Señor, la ofrenda de dos aves para el sacrificio era una concesión en la Ley para quienes no podían permitirse ofrecer un animal más grande. En otras palabras, la ofrenda de dos aves era la ofrenda que hacían las personas pobres. Una vez más, María y José no consideraron su pobreza y dijeron: “Nuestra ofrenda es tan pequeña e insignificante; ¿qué diferencia haría si decidiéramos no ofrecerla?”. Más bien, se humillaron ante el Señor para ofrecer lo que podían permitirse para la expiación de su primogénito. No sintieron que tuvieran que demostrarle nada a Dios esperando hasta poder ofrecer algo mayor, sino que confiaron en Dios, quien comprendía su pobreza, y en que Él recibiría su ofrenda con benevolencia. De esta manera, permanecieron en una “relación correcta” con Dios: precisamente lo que la Ley pretendía proteger.
Una vez más, la lección para nosotros permanece: aunque seamos pobres en este mundo, Dios considera nuestras ofrendas como dones preciosos y se complace en recibirlas. De hecho, por muy ricos que seamos en este mundo, nunca podremos ofrecerle a Dios nada que Él no pudiera obtener por sí mismo. Dios recibe nuestras ofrendas para nuestro propio beneficio, no para el suyo, [REPITE] porque sabe que estas nos mantienen en una relación correcta con Él, algo que Él anhela profundamente. Por lo tanto, nunca debemos menospreciar nuestra ofrenda, por humilde que sea. Al contrario, debemos ofrecerla con alegría a nuestro Dios, quien se deleita en recibirla. ///
Finalmente, el “apostolado”. Este es específico de María. Una de las características más destacadas de María fue ser “Apóstol de Jesús”. De hecho, fue la primera apóstol, ya que fue la primera en presentar a Jesús a un pueblo que esperaba la llegada del Mesías. Primero, después de la Anunciación, fue a visitar a su prima Isabel, quien se regocijó en el Espíritu cuando María, llevando al Hijo de Dios encarnado en su vientre, se presentó ante ella. Ahora, María continúa esa labor al llevar a su Hijo al Templo y encontrarse con Simeón, el hombre a quien Dios había prometido que vería al Mesías antes de morir, y con Ana, la profetisa que esperó muchos años en el Templo, con la esperanza de verlo también. Ellos también reconocieron al Hijo de Dios encarnado en los brazos de María y se regocijaron en el Espíritu al ver cumplidas las promesas de Dios. Como apóstol, María llevó continuamente a Jesús a los demás.
Esta es nuestra misión como discípulos de Jesús: ser apóstoles y llevar a Jesús a quienes buscan la salvación, ya sea directamente, a través de la esperanza de alcanzar la vida eterna, o indirectamente, al buscar respuestas a los problemas y sufrimientos que experimentan en su vida diaria. Llevamos a Jesús cuando les ofrecemos nuestra oración, nuestro acompañamiento, nuestro aliento y nuestra invitación a venir y experimentar al Señor, presente aquí entre nosotros. A través de nuestro apostolado, al igual que el de María, muchos se regocijarán en el Espíritu por haber encontrado a aquel a quien sus corazones anhelaban. ///
Sería negligente no mencionar que hoy también estamos aquí para presenciar la renovación de los votos religiosos de la Hermana Hilda. Ella, como todas las religiosas consagradas, renovará sus votos temporales de vivir los consejos evangélicos de pobreza, castidad, y obediencia, como parte de su camino hacia la profesión perpetua de estos votos en su orden religiosa. Sus votos de pobreza y obediencia coinciden perfectamente con nuestra reflexión sobre estas virtudes de la Sagrada Familia que ya hemos comentado. Y su voto de castidad y el carisma misionero de su orden coinciden perfectamente con nuestra reflexión sobre el apostolado de María. Como mujer célibe, renuncia al matrimonio para dar testimonio de la comunión de los santos en el cielo (donde, como enseñó Jesús, “no se casarán ni se darán en matrimonio”), pero también para estar radicalmente disponible para el apostolado misionero de su orden: es decir, libre para desplazarse de un lugar a otro y llevar la buena noticia de Jesús a los demás. Por lo tanto, damos gracias a Dios por la Hermana Hilda al renovar hoy sus votos, al mismo tiempo que todos nosotros renovamos nuestro compromiso de obediencia, pobreza, y apostolado en nuestras propias vidas. ///
Que las oraciones de la Sagrada Familia nos sostengan mientras buscamos encarnar estas palabras en nuestras vidas. Y que nuestro Señor nos mantenga llenos de la luz de su gracia para que todos los que busquen su luz la vean y lleguen a conocer la alegría que nosotros hemos llegado a conocer y anhelamos: la alegría de la plenitud que se encuentra en su presencia en el cielo.
Dado en la parroquia de Nuestra Señora de los Lagos: Monticello, IN
2 de febrero, 2026
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